Entrevistas: Por una pedagogía de la pregunta

 

12/10/10

 – La Ventana (Habana) –

Entrevista realizada por Esther Pérez y Fernando Martínez Heredia a
Paulo Freire en 1987, en La Habana: «la tolerancia es una virtud no
solamente espiritual, sino también revolucionaria, que significa la
capacidad de convivir con el diferente para luchar contra el
antagónico. Esto es la tolerancia»

por Esther Pérez y Fernando Martínez Heredia

Paulo Freire nació en 1921. O, como él mismo dice, “poco después del
triunfo de la Revolución de Octubre”. Joven aún, pero casado ya con
Elza, su compañera a lo largo de 40 años, comenzó a dirigir el Sector
de Educación del Servicio Social de la industria en Recife. De su
experiencia en esa institución a dicho Freire: “Me fui espantado y
tratando de comprender la razón de ser del espanto […] aprendiendo,
de un lado, a dialogar con la clase trabajadora, y de otro, a
comprender su estructura de pensamiento, su lenguaje, a entender lo
que yo llamaría la terrible maldad del sistema capitalista”. Allí, sin
llamarla aún así, comenzó a hacer y a pensar la educación popular.

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Educación y lucha de clases

Aníbal Ponce:

 

Frente a estas dos concepciones de contenidos tan opuestos, que podríamos encarnar en los nombres de Gentile y Lunatcharsky, vimos en la clase anterior que otra corriente de la nueva educación se esforzaba en tomar una actitud intermediaria. Entre el fascismo de la burguesía y el socialismo del proletariado, aspiraba a crear una educación que no tuviera que ver ni con uno ni con otro. ¿A qué clase social interpreta esa corriente? Es lo último que nos falta investigar. Cuando se escucha a los teóricos de la burguesía no puede haber muchas dudas respecto a lo que quieren; no las hay, y mucho menos, en las francas palabras del proletariado. Pero al ponernos en contacto con estos nuevos teóricos, cuyo nombre representativo podría ser lo mismo Spranger que Wyneken, todo se vuelve indeciso, confuso, vacilante. Se tiene por momentos la impresión de que sospechan algo de lo que en el mundo está ocurriendo, pero que prefieren mejor no saberlo del todo. O para decirlo en el lenguaje de un lector de la Revista de Occidente, aquellos teóricos perescrutan el drama de parturición que presenciamos sin haber logrado todavía su propia Weltanschaung… Desarraigados de un sistema de convicciones, no están todavía instalados en otro. Se sienten por lo mismo como seres sin quicio y se forman sobre todo lo que observan, opiniones que bizquean. Saben, por ejemplo, que la historia cambia y que las sociedades se transforman, pero como les asusta admitir la lucha entre las clases se contentan a la sumo con la lucha entre las generaciones. Saben también que las religiones son formas subalternas hace rato superadas, pero como no se animan a conducir hasta el fin su pensamiento, se detienen en una religiosidad sin religión, que es como decir una humedad sin agua. Ambigua situación que los obliga a reconocer en el Universo la existencia de un irracional, de una finalidad o de un elan que es a la postre otras tantas maneras de volver aceptar un Dios de barbas blancas. Como no saben ni se atreven a dar respuesta franca a ninguna de las grandes cuestiones más urgentes, aseguran que la problematicidad está en el centro de todo lo que existe, y que la filosofía, después de haberse fatigado en los grandes sistemas, debe abrazarse ahora a las aporías. Sigue leyendo